Tres décadas de salones de artes del fuego
El Salón Nacional de las Artes del Fuego de Venezuela ha representado un papel determinante en el desarrollo y evolución de esta particular área de la Plástica Nacional. Ha sido fiel testigo del progreso y del crecimiento de cada una de las disciplinas que comprende; pero también ha sido el indicador, la pauta que ha marcado el avance de este movimiento artístico en nuestro país. Ha difundido y ha expuesto visualmente el progreso de realizaciones cerámicas, de orfebres y de vidrieros aunque no ha dejado de lado el evidenciar sus tallas, y el retraso y estancamiento en que se han sumido algunas de estas manifestaciones en algunas oportunidades.

En general, este Salón constituye una memoria, una manera particular de hacer la historia de las Artes del Fuego en Venezuela. Configura un recuento y un balance, tanto del proceso de logros y realizaciones de los artistas que han participado en él; como de las grietas que el movimiento ha sufrido durante el período de tres décadas de vida que presenta para los años noventa.

Los antecedentes del salón nacional de las Artes del fuego se remontan ha hechos y acontecimientos que suceden en Venezuela en los años posteriores a la muerte de Juan Vicente Gómez cuando en el país se busca construir y definir una nueva política cultural. El Museo de bellas Artes, en su edificación de los caobos, abre sus puertas en 1938 y el primer Salón Oficial de Arte Venezolano se realiza en sus espacios en 1940. Por esa misma época se produce la transformación de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas; Antonio Edmundo Monsanto emprende una serie de reformas que provocan una revolución en la enseñanza artística en el país. Entre estas reformas se encuentran la creación de nuevas secciones de Artes Aplicadas y de talleres, tales como cerámica, vitrales y esmalte entre otras; desencadenando con ello tendencias artísticas que no se habían producido en las orientaciones que sustentaba esa Escuela en años anteriores.

Esta conjunción de la enseñanza de nuevas alternativas, y la existencia de un espacio de confrontación para esas recientes disciplinas al máximo nivel plástico del país, estimula y establece las bases para el futuro desarrollo y estructuración del movimiento contemporáneo de las Artes del fuego en Venezuela. Tiene lugar en el ámbito de los Salones Oficiales de Arte un espacio de confrontación para artistas que incursionan en la disciplina cerámica, en la orfebrería, con los esmaltes y con los vitrales. La adjudicación de recompensas para nuevas especialidades denominadas “artes aplicadas”, definen una trayectoria de premiación en esos campos que va ha servir de referencia para el posterior Salón Nacional de las Artes del Fuego.

En los salones Oficiales de la época los premios, llamados premios Oficiales inicialmente y luego premios Nacionales; fueron para Pintura, Escultura y Artes Aplicadas. Más adelante se estableció un premio de merito para los estudiantes de Artes Plásticas y los premios para Dibujo y para Grabado. El jurado de admisión y clasificación por mucho tiempo estuvo constituido por representantes de las áreas que conducían el evento. El Director de la Escuela de Artes Plásticas, el Director del Museo de Bellas Artes y tres miembros designados por el Ministerio de educación.

Los participantes al inicio fueron pocos, pero progresivamente el evento fue ganando renombre hasta que en sus últimos tiempos la participación masiva llegó a ser excesiva para las posibilidades físicas del Museo de Bellas artes. Los conflictos, las rupturas, los reclamos de los jóvenes por el estancamiento a que se había llegado, las críticas y las censuras caracterizaron parte de la vida de este Salón que llegó a treinta ediciones en 1969.

En 1970 se suspende la entrega de los Premios Nacionales. Pero a pesar de Haberse eliminado, este Salón constituyó el máximo evento de la Plástica Nacional por treinta años, y su permanencia por este lapso fue fundamental como centro de confrontación, como punto de referencia y como indicador de la actividad artística del país. La desaparición de los Salones Oficiales produce un gran vació en nuestra Plástica que hasta ahora no ha sido posible llenar.

En cuanto a la Artes del Fuego; Cerámica, Orfebrería, Esmaltes y Vitrales quedan a partir de esta larga experiencia, incorporados como parte del movimiento cultural del país y como alternativas reexpresión para aquellos artistas que deciden explorar en ellas. Muere el salón Oficial pero ya se había consolidado la idea de la existencia de salones o de eventos para mostrar los resultados, los logros artísticos; para relacionarse, para confrontarse, actualizarse y para obtener las recompensas y reconocimientos que merece una obra de calidad. Es así como después del cierre del salón Oficial cuando solo permanece el Salón Arturo Michelena, surge en todo el territorio nacional nuevos espacios para estas confrontaciones Nuevos Salones entre los cuales se cuenta el salón Nacional de Artes del Fuego.

Después de muchos esfuerzos. El 12 de diciembre de 1971 se abre al público el primer Salón Nacional de las Artes del fuego bajo el patrocinio del Instituto Nacional de cultura y Bellas Artes, la coordinación de la escuela de Artes Plásticas Arturo Michelena y la organización del ateneo de valencia. Para el Segundo Salón, en 1974 se incorpora la Dirección de cultura de la universidad de carabobo, entidad que asume desde entonces la organización del evento. A partir de ese momento y hasta ahora, el departamento de Expresión Plástica de la Universidad de carabobo se ha encargado de organizar, auspiciar y mantener la vida y existencia de este Salón.

Se esfuerza con la ayuda de cerámica Carabobo como patrocinador y con la creación de la Sala Braulio Salazar como sede definitiva. Posteriormente otras entidades como la Fundación Neuman, la Dirección de cultura del estado carabobo, refractarios venezolanos, Ferro de Venezuela, entre otros han contribuido con su apoyo y premios a su consolidación. La Asociación Venezolana de las artes del fuego se incorpora desde el momento de su creación ofreciendo el apoyo indispensable para el fortalecimiento de este evento.

Desde su creación en 1971 hasta ahora, durante tres décadas, ha transcurrido un período en el que se han realizado veintidós Salones de artes del fuego; en ellos se han exhibido las obras de los Ceramistas, Orfebres, Esmaltistas y Vidrieros que han ocupado la escena nacional; por allí han pasado los nombres que conforman el medio de las Artes del Fuego, el discurso contemporáneo de las Artes del fuego en nuestro país.

Las obras ganadoras tanto del premio Nacional como de los diferentes reconocimientos que el Salón ofrece, configuran un documento, una evidencia del quehacer de cada año, de cada momento y de cada tendencia u orientación que se han sucedido en el tiempo. No han sido sólo muestras aisladas de hechos, obras o realizaciones unipersonales; sino que ha través de estos galardones se puede seguir la trayectoria de cada disciplina; su particular proceso, el desarrollo del fenómeno creacional y sus connotaciones plásticas.

Desde el primer año, la tendencia del Salón fue hacia la premiación de obras que rompieran con la concepción del objeto tradicional; hacia realizaciones innovadoras que provocaran el avance de la disciplina, hacia objetos que de alguna manera representan una posición de vanguardia. La obra de Collette Delozanne ganadora del Premio nacional en el primer Salón en 1971 poseía esas connotaciones. Su planteamiento se apartaba de los lineamientos imperantes en el medio cerámico de ese momento en Venezuela; las piezas eran edificaciones futuristas, construcciones orgánicas que podían ser exploradas visualmente.

Ese premio del primer Salón a este tipo de trabajo ha marcado, en un sentido general puesto que siempre hay otras opiniones; el lineamiento representativo de propuestas de vanguardia que ha prevalecido en este máximo evento de las Artes del Fuego. En todo momento los jurados han tendido a premiar obras novedosas y originales en cuanto lo que estas disciplinas y sus tecnologías permiten en relación con las pautas y parámetros del Arte contemporáneo.

Después de Collette Delozanne los premios ala cerámica adjudicados en los años 1974 y 1977 a Josefina Álvarez, Annabella Schafer y Gisela Tello reconocieron otros valores cerámicos; patentizaron el mérito a la pureza de la forma, al refinamiento a que se puede llegar con la tecnología cerámica y la destreza y habilidad en la ejecución; fue un reconocimiento al valor estético de la forma cerámica y la destreza y habilidad en la ejecución; fue un reconocimiento al valor estético de la forma cerámica clásica. En 1975 el premio a Jorge Barreto se inclinó más bien por validar el aporte de la cerámica utilitaria en Venezuela y su relación con nuestras reminiscencias alfareras.

En 1978 se retoma la orientación del Salón hacia la innovación, hacia las propuestas originales en la cerámica. Mérida Ochoa obtiene este galardón por un trabajo fuerte y vigoroso que manejaba conceptos y temáticas por primera vez en Venezuela. La cerámica como medio, como soporte para expresarse a través de él. Esta tendencia del Salón va a dominar en las premiaciones hasta nuestros días.

Es así como en 1979 Noemí Márquez se hace merecedora al premio nacional con un trabajo que enfatiza la relación del hombre con la tierra, donde predominaba lo matérico sobre la forma y el recubrimiento y decorado. Esta tendencia va a continuar y a definirse como uno de los pilares de sustentación de este evento y en 1981 se le adjudica el premio a Cándido Millán por una pieza de alto contenido procesal y matérico. En 1983 se le otorga a Belén Parada con una obra que aporta un nuevo elemento a las realizaciones cerámicas y que abre una nueva línea de trabajo en el país. El geometrismo, la presencia de un excelente discurso plástico y el atrevimiento de la pieza cerámica de gran formato.

Con los premios a Carolina Boulton en 1984, María Pont en 985 y José Gabriel González en 1987 se define otra línea que asomaba desde hacia algunos años en la cerámica contemporánea en Venezuela. La innovación sobre la forma clásica de la vasija, la metáfora sobre el elemento básico circular de esta disciplina, la discusión sobre el concepto de la estética de la utilaridad y la inclusión de aspectos ceremoniales y elementos decorativos. En 1988 Rosalía Solanes siguiendo la orientación geométrica ya establecida como una vía de realización cerámica obtiene el premio nacional. Ya se ha definido un espectro de trabajo en este sentido en el país y se concursa con obras de este tipo. En este mismo Sentido Augusto Lange en 1992 obtiene el reconocimiento añadiendo otro nuevo elemento a los objetos cerámicos: la integración de otros materiales: Cerámica, hierro y madera; técnica mixta, montajes de énfasis geométrico y constructivo.

Con Wofgang Vegas en 1990 se añade un nuevo y controversial elemento a las realizaciones cerámicas. El trabajo de instalación. El planteamiento conceptual por encima del contenido tradicional de la disciplina. Las posibilidades que ofrece la cerámica como medio expresivo para insertarse en el arte contemporáneo. Renate Pozo con una pieza de materiales mixtos y ensamblados sigue este lineamiento y obtiene el Premio Nacional de 1991. Como una excepción en este progresivo proceso del Salón Nacional hacia su integración como parte del arte de nuestros tiempos, se adjudica en 1993 el premio nacional a Omar Anzola; se hace un alto para reconocer el mérito de la Alfarería tradicional.

En este Salón la inclinación en la premiación ha sido mayormente para la disciplina cerámica que en todo momento ha presentado un mayor número de participantes en todas sus ediciones; y también por ser la disciplina de las Artes del Fuego de mayor tradición y fuerza del país. Pero paulatinamente se ha estado definiendo el campo de acción de la Orfebrería y del Vidrio. Lamentablemente el Esmalte, después del premio a Lamis Fedman en 1980 no ha presentado figuras destacadas que puedan competir en el área evidenciándose, a través del Salón, su declive y debilidad como disciplina de las Artes del Fuego en Venezuela.

En tres oportunidades los premios se han volcado hacia las obras de tres magníficos trabajos de orfebrería demostrando con esto que es una alternativa de gran potencial en Venezuela. En 1976 María Tereza Torrás recibe el galardón por un trabajo que presentaba la orientación de los orfebres y del movimiento de la orfebrería de la época. Dos piezas de fuerte tendencia constructiva y excelente realización. Más tarde, en 1986 Alexis de la Sierra impacta con un montaje que asoma las corrientes de la nueva joyería que incorpora en el trabajo del orfebre, el diseño, de la expresividad y la teatralidad en la presentación. Con el premio a Víctor Rodríguez en 1994 se refuerza en la orfebrería el valor a la excelencia en la realización, a la técnica y a la conceptualización del objetivo.

Es en el salón de 1989 cuando un trabajo en vidrio obtiene por primera vez el premio Nacional. Esta disciplina no muy trajinada por nuestra artista también se abre como alternativa en las Artes del Fuego. El premio a Kellmis Fernández, quien ofrece por primera vez en Venezuela trabajos con vidrio soplado infunde nuevos aires a esta especialidad. Se incentiva el trabajo con el vidrio y es así como en 1995 Alicia Kelemen, joven vidriera también se hace merecedora del Premio Nacional con un delicado y expresivo conjunto de piezas, esta vez, en vidrio laminado.

Dieciséis trabajadores en cerámica uno en esmalte, tres en orfebrería y dos en vidrio conforman el espectro del movimiento en las Artes del fuego en estas tres Décadas de salones. Sin embargo, la cerámica, vigorosa, potente y recia disciplina desde los primeros tiempos del Salón ha decaído en los últimos años cuando la orfebrería y el vidrio arremeten fuertemente como nuevas posibilidades u opciones en este medio.

Veintidós Salones transcurrido en veinticuatro años es tiempo suficiente para reflexionar y asomar algunas conclusiones. La más importante es el reconocer la necesidad de este espacio periódico mediante el cual sea factible difundir, promover, mostrar y recompensar el trabajo creativo de los ceramistas, orfebres, vidrieros y esmaltinitas. De igual modo creemos que es imprescindible su existencia como lugar de encuentro; en estos veinticuatro años se ha dado la confrontación y el careo; por un lado de los realizadores, el publico y los críticos y por el otro las obras y los participantes que conforman el discurso acumulado de estos años de Artes del Fuego. Cada obra, cada pieza, cada trabajo es una confirmación de las tendencias y orientaciones del momento; del proceso Plástico que se produce. El Salón, es ciertamente un documento del fenómeno creacional de las Artes del Fuego del país.

Asimismo, en las artes del fuego el salón ha sido fundamental para mantener la discusión y el ejercicio del enfrentamiento que requiere cualquier disciplina artística para su avance y desarrollo. Se a dado, como es inevitable en cualquier espacio donde se exponga y premio a nuestros artistas; distintas opiniones, descontentos, variadas inquietudes tanto de protesta como de adhesiones, y fuerzas polémicas. En muchas oportunidades se ha hablado de crisis, de falta de originalidad, de fallas de organización. Todo esto es inevitable en un espacio donde concluyen orientaciones y movimientos artísticos más aun, es altamente beneficioso para la evolución del arte y de los Artistas.

Nelly Barbieri