Petre Maxim. Testigo afortunado

El 15 de febrero de 1948 toma posesión de la Presidencia de la República el más insigne novelista de nuestro siglo XX: Rómulo Gallegos. Un hombre de las letras y la cultura asumiría la dirección del país por los próximos cinco años, gracias al respaldo del ochenta por ciento de votos a su favor, en una de las primeras elecciones libres en Venezuela. Para sus electores, Gallegos sería la figura promisoria cuya estatura ética y cultural enrumbaría el país hacia la prosperidad y la democracia. Verían en él al político equilibrado, al maestro incondicional y al escritor que en novelas poéticas y realistas refleja la Venezuela de su tiempo, aquella de paisajes exuberantes cuyos personajes principales, Doña Bárbara y Santos Luzardo, libran una contienda de tonos épicos entre la civilización y la barbarie en medio de ese vasto escenario salvaje en los llanos apureños. Sus novelas escenifican el melodrama de una parte de nuestra realidad nacional caracterizada por la corrupción, la traición y el despotismo de algunos ambiciosos hombres de la sociedad. Ambiciones que pesarían sobre los hombros del propio escritor, ya que diez meses después de ser elegido presidente, un golpe militar lo derroca el 24 de noviembre, poniendo fin, drástica e inexorablemente, a ese breve período constitucional. En su lugar se instaura por diez años una dictadura encabezada por el general Marcos Pérez Jiménez. Se inicia con traumáticos tropiezos políticos la modernidad del país. Pese a ello, la llegada de los nuevos tiempos será irreversible.

El estilo de vida del venezolano experimentará a partir de entonces los cambios más tajantes de toda su historia. Al punto que, de la noche a la mañana, Venezuela se convertiría en la quimera suramericana. De los barcos provenientes de Europa emergen cientos de hombres con el sueño de la enorme riqueza que produce el oro negro de las entrañas de la tierra. El petróleo motorizó la marcha del crecimiento económico y demográfico, impulsando la modernización del país. La nueva doctrina del «Ideal Nacional» propiciada por el gobierno pretendió crear las bases de un positivismo transformador para toda la sociedad que situara a Venezuela en la cúspide de América, sustentándose en la historia patriótica como fuente de valores morales. El gobierno de tendencia derechista, conservadora y militarista aceleró el proceso de implantación industrial y el desarrollo de un gran plan de infraestructura a escala nacional. Tan solo entre 1950 y 1957 se crea una red de viaductos, carreteras y autopistas de muy alta tecnología. Se encarga la construcción de los súper bloques de vivienda. Se inicia la red ferroviaria y la construcción de la carretera de la costa que uniría todos los puntos orientales y occidentales del país, siendo algunas de estas edificaciones fotografiadas en su momento por Petre Maxim.

La industria petrolera atizaba el febril crecimiento de las urbes y el abandono progresivo de los pueblos y sus campos agrícolas. No se reparó en los cambios del gusto y de las condiciones de vida que venían desde los tiempos de la colonia. Los habitantes de la nación sin prejuicios asumimos como sello de nuestra nueva identidad la condición de apropiarnos de lo foráneo y fusionarlo con nuestra propia cultura doméstica.

Mientras Armando Reverón, en su ranchón de Macuto, había culminado en solitario la investigación esencial de nuestra luz tropical, dando lugar a la introspección creativa más genuina de la centuria, paradójicamente, en las noches caraqueñas se escuchaban desde los valses de Antonio Lauro a la guaracha cubana, pasando por el rock and roll de Elvis Presley, para terminar con unos boleros de Agustín Lara impregnados con el aroma del suburbio o las rancheras mexicanas de Pedro Vargas. Así la argamasa de lo que somos hoy como nación comenzaba a prepararse. La sociedad se hacía plural y permeable.

Además del contingente de europeos llegados al país, se establecen importantes empresas que hicieron también su contribución económica y cultural como la Creole Petroleum Corporation, editora de las revistas Nosotros y El Farol, y la compañía petrolera del Royal Dutch Shell Group que publicó Tópicos Shell y la Revista Shell (1952-1962). Las páginas de la Revista Shell sirvieron para la expresión de todo género de artículos referentes a la arquitectura, el arte abstracto geométrico insurgente en esos años, también abordó temas sobre literatura, antropología, fotografía, teatro, artes del fuego, filatelia, economía, agricultura, historia y la próspera industria petrolera. Una visión ecuménica de lo nacional quedó impresa a lo largo de los diez años durante los que se mantuvo activa la revista, exhibiendo siempre una postura positiva respecto al presente y con una divulgación razonable de las actividades de la empresa petrolera en el país.

Aún cuando algunas fotos publicadas en la Revista Shell no pasaron de ser vistas convencionales de pueblos, paisajes y retratos, en otros momentos mostraron auténticos trabajos de alto valor estético. Entre los fotógrafos figuran en la revista están Aníbal Rivero, Carlos Herrera, Graziano Gasparini, Ricardo Espinoza, Luis Barnola, Derrick Knight, Leo Matiz, el presbítero Juan Francisco Hernández, Walter Wachter, Paul Rupp, Carlos Puche, Iván Petrovzky, Ricardo Espina, Juan Martínez Pozueta. Del mismo modo reproduce el trabajo de los fotógrafos que trabajaron a destajo o como personal de planta contratados para las labores de la revista, entre ellos Luis Noguera, León Isaza, J. J. Castro, Mariano U. de Aldaca, Miguel Moreno, Martín Hruskovec, Zoltan Karpati, Gediminas Orentas y Petre Maxim. Todo ellos tuvieron el compromiso de viajar con sus cámaras a lo largo del territorio. Desde los laberintos fluviales de los caños del Delta hasta los fríos páramos andinos, este grupo de excepcionales fotógrafos registró como nunca antes al país. Tenían en sus manos el encargo de realizar el ensayo fotográfico más importante de la década. Con sus cámaras de gran formato en 4 x 5 pulgadas (10 x 13 cm) o la versátil Rolleiflex de 6 x 6 cm, fueron testigos visuales de una sociedad agraria e incipientemente urbana e intentaron ser observadores objetivos de la realidad, retratando grupos étnicos y la vida cotidiana, sus costumbres, sus fiestas y su gente. Sus fotos fueron una metáfora positivista del progreso del país. Una metáfora prisionera, claro está, dado el férreo silencio que impuso la dictadura. Sin embargo, sus fotografías pueden ser entendidas como una urgida visión endógena. Sus imágenes son la memoria de un tiempo muy concreto y muy determinante a la vez. La visión «positivista» de los cincuenta contrastará radical y frontalmente con la estética de los años sesenta, inmersa en lo social, militante e incluso sarcástica, cuyo mayor exponente será la cruda visión de la ciudad en Asfalto infierno del fotógrafo Daniel González realizado en 1963. De allí que la enorme importancia para el conocimiento de aquello que hemos sido lo constituya este singular archivo visual de la Revista Shell, cuyo universo alcanza unos 16.608 negativos de todo género de personajes, momentos, condiciones y hechos relevantes de la geografía del país, material que se encuentra desde 1968 resguardado en el Archivo Fotográfico Shell del Centro de Investigación de la Comunicación de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas.

A mediados de 1950, Petre Maxim, oriundo de Bucarest, llega al país acompañado por su esposa, Tania Celibidache, y su primer hijo, Jon. Prácticamente desde su arribo a Venezuela comienza a desempeñarse como fotógrafo gracias a la intermediación de su cuñado, el célebre director de orquesta Sergui Celebidache, y de Alejandro Racotta, director para ese momento del Departamento de Economía de la Compañía Shell. Maxim trabaja en el Servicio Shell para el Agricultor, la revista Tópicos Shell, y muy en especial a partir de 1952 y hasta 1962 para la Revista Shell. Durante este lapso, desarrollará una obra autoral de suma importancia cuyo valor deviene en incontestable testimonio visual de la estética y la cultura de nuestra sociedad durante los años 50. Sorprende ver que este hombre, que en ese momento promedia unos cuarenta años de edad, emprende una de las carreras más audaces y destacadas en el campo de la fotografía artística y en la reproducción de obras de arte en Venezuela. Es relevante tomar en cuenta que más allá de su afición temprana a la fotografía, Maxim puede ser considerado un autodidacta, pues nunca recibió instrucción en este exigente campo; su carrera como fotógrafo se cimienta en su totalidad en el país. Sin embargo, en diciembre de 1954, a cuatro años de su llegada, Petre Maxim con verdadera erudición publica en la Revista Shell lo que será el primer ensayo en Venezuela sobre «La fotografía en colores». Con sorprendente fluidez maneja no sólo el desarrollo histórico de los procedimientos fotográficos, sino que ya para entonces tiene clara una postura crítica respecto a la estética fotográfica de su tiempo.

Estos conocimientos sin duda hicieron posible su rápido dominio del oficio fotográfico, en especial si consideramos la imagen del Anciano de Cumboto, fechada en 1954, o las dos sólidas hileras de columnas de hormigón y mármol de la Academia Militar, de 1955, cuyos gigantescos volúmenes aspiran simbolizar la firme permanencia de la dictadura, aunque hoy, vista a distancia, la apreciemos como la desmesura infatuada de algunas construcciones castrenses de esos años. Maxim fotografía el mercado de terracotas en Táchira, a los jóvenes limpiabotas en la acera frente a la Galería La Torre en Valencia, a los tres niños que caminan con ligera distracción teniendo por escenario natural las ríspidas cumbres de los Morros en San Juan: son todas imágenes con miras a desarrollar un discurso documentado de la realidad y de la vida diaria.

Con sobrio tratamiento de la luz, fotografía el patio interior del Salón de Lectura de San Cristóbal, al edificio de Ingeniería Hidráulica de la Ciudad Universitaria, al grupo de casas con la soleada calzada inclinada de Zaraza o el gran vitral de Fernand Léger en la residencia de Inocente Palacios, en cuyo primer plano protagonizan las barandas y las relucientes gradas de la escalera del salón principal.

Gran placer estético debió sentir al fotografiar la arquitectura modernista de los años 50, así como los templos y monumentos tradicionales. El balanceado tratamiento de los volúmenes, el cuido adecuado de las líneas paralelas y de fuga, la exposición correcta, el uso de la estética constructivista y minimalista muy propia de esos años, permiten considerar a Maxim –junto a los hermanos Graziano y Paolo Gasparini– entre los más prominentes fotógrafos en esta especialidad en Venezuela. Con una comprensión depurada de lo que está viendo, fotografía sin menoscabo enormes tanques, chimeneas, válvulas y el laberinto de oleoductos. Gracias a su sensibilidad, como muy pocos otros fotógrafos pudo reparar en las enormes posibilidades estéticas que le ofrecía la industria eléctrica y petrolera. Asimismo con gran maestría compositiva atrapa la sonrisa de la muchacha margariteña, su innata frescura que parece llenar la totalidad de la gráfica o el preciso instante en que el Vendedor de flores carga sobre sus hombros el madero con las valiosas y perfumadas mercancías. Maxim advirtió con claridad plena que allí en esa imagen había fijado para sí mismo y para siempre la inmanente belleza de la tierra y su gente.

Tal repertorio de imágenes realizadas durante su activa presencia en la Revista Shell fueron un tránsito hacia otros ámbitos de la fotografía. Luego de esta etapa puso su máximo empeño en fotografiar casas, monumentos y centenares de obras de arte en museos, galerías y colecciones privadas. El alto nivel profesional y técnico que alcanzó hicieron considerarlo por quienes tuvimos el privilegio de conocerlo como el gran maestro de esta especialidad en Venezuela.

Douglas Monroy